10 mayo 2013

Ruido


Ahogas los silencios en tus pensamientos y vas al mar a lavarlos.
No puedes evitarlos, te acompañan.
No van a ningún lado. No se bañan.
Sólo se acomodan y flotan en tu cabeza.

Tal vez algún día se pierdan en la profundidad del olvido.

LWO

14 octubre 2011

Trapecista

Sabía que no era posible hacerlo de otra manera, debía disfrazarse para escuchar cada palabra que se pronunciara en el salón prohibido.
–Si te descubren se acaba todo –susurró su compañera mientras caminaban apresuradamente por aquel pasillo desierto, sólo los muros grises las observaban.
El silencio lastimaba los oídos, ni el sonido de los tacones que las mujeres usaban era perceptible, una vieja y ordinaria alfombra naranja ahogaba sus pisadas.
Mezclarse, escuchar y encontrar a la persona correcta eran las indicaciones. Ser discretas, la regla.
De reojo la observaba: su mirada vacía, buscando siempre el punto más lejano sobre el horizonte; su rostro inexpresivo, sin rastro de sentimiento alguno, una máscara impenetrable que todos llamaban seguridad. No era humana, hacía mucho que decidió dejar de serlo. Ninguna pasión habitaba en ella, sus acciones habían sido programadas por un complejo sistema de valores que adoptó en otra vida.
–No puedes entrar así –a unos metros de llegar a la sala su gélida voz rompió el silencio. Su mano rozó el hombro de la chica y todo cambió.
El peso de la gabardina negra que hasta hacía unos segundos la cubría desapareció. Aunque se sentía más ligera sus pasos eran torpes y cortos, y experimentaba un repentino mareo.  De momento, pensó que aquella sensación era resultado de la adrenalina y los nervios, pero al ver tan de cerca aquel piso anaranjado supo que era algo más. Una sensación de impotencia germinó en su pecho y, en segundos, invadió todo su cuerpo: la inmensidad de ese lugar la hacía sentirse insignificante.
Vio algo a su lado. Algo que le era familiar y ajeno a la vez. Reconoció el par de zapatos negros, altos, mucho más altos de lo que recordaba: la mujer que la acompañaba había crecido descomunalmente. Miró hacia arriba, pero no alcanzó a ver su rostro. Bajó la mirada y descubrió otra piel, otro cuerpo.
Un cuerpo compacto y suave, de un tacto dulce que la trasladaron a su infancia, a su sexto cumpleaños, cuando la abuela la llevó a elegir su regalo a la juguetería del barrio. El ordinario oso de peluche por el que se decidió la hacía sentirse especial cuando lo abrazaba, su calidez la inundaban. Esa sensación estaba presente y le regaló una sonrisa interna. El temor se disipó.
Vio que sus manos habían desaparecido, ahora poseía unas patas de color plomizo con buenos augurios. Su corazón se aceleró más de la cuenta: ése tampoco le pertenecía, y él lo sabía porque buscaba la manera de escapar de su cuerpo.
Avanzó unos centímetros: un salto. Un metro: tres saltos. Otro más. Cuatro, cinco, seis, siete, ocho saltos…
Avanzó hasta encontrar el ritmo adecuado para desplazarse y halló su reflejo en un muro: sus ojos de mirada vivaz, una nariz ingobernable que no dejaba de moverse, largas antenas de pelo que decoraban los costados de su cara y aquellas inmensas orejas que sobresalían de su cabeza, y que le permitían escuchar mejor que en toda su vida, confirmaban sus sospechas: era un conejo. Cuál era el objetivo de la transformación: lo desconocía completamente, pero empezaba a disfrutarlo.
Unos pasos cerca de ella la expulsaron de sus pensamientos: la mujer que la acompañaba estaba por desaparecer tras la puerta del salón prohibido. Emprendió la carrera tras ella.
Su mundo se volvió un universos de zapatos, pies y espacios debajo de muebles. Su tarea principal: huir de la muerte bajo un zapato.
Debía cumplir con su misión: mezclarse, escuchar y encontrar a la persona correcta. En su intento por hacerlo descubrió un nuevo placer: saltar. Saltar tan alto y tan lejos como su nueva anatomía se lo permitiera.
Pero olvidó su tarea.
Saltó tanto que cayó sobre una barra que se columpiaba sobre las cabezas de quienes estaban en ese lugar. El bullicio ambientaba el acto temerario en el que terminó. Debía soltarse de ahí y continuar su camino, cumplir con su deber. Aquellas dos patas de pelusa gris no eran tan frágiles como aparentaban, se asían tan bien del trapecio que soltarse sería casi imposible.
La chica conejo sopesó su cuerpo nuevo pendiendo en las alturas. Se columpió una, dos, tres veces. Sonrió y se soltó. Mientras caía descubrió cuán fácil era dar giros mortales en el aire cuando se contaba con la suficiente fuerza y altura. Aunque el cuerpo que vistieras no te perteneciera.
Cayó, las suaves patas de la chica amortiguaron el impacto. Volteó a su alrededor y brincó para esquivar los paso de un hombre. Continuó su marcha: debía mezclarse, escuchar y encontrar a la persona correcta.
LWO

10 abril 2011

Vacío

Al notar que lloraba desconsoladamente no dudó en acercarse a ella. Tomó suavemente su rostro y secó una de sus lágrimas.
–Mintió –le susurró al oído. Sí, dijo que no quería saber más de ti, pero mintió. No hay día que no pregunte a la Luna por ti.
Al escuchar aquello, se quedó pensativa unos segundos. Enjugó sus mejillas con el dorso de su mano. No sabía qué sentir, ¿alegría o tristeza?: ambos se extrañaban, pero estaban lejos el uno del otro.
No, no deseaba verlo más, pero su ausencia aún le dolía.
L.W.O

05 abril 2011

Sólo un final

Se asomó por la ventana, pero no distinguió forma alguna. No sabía qué había debajo. Aquella ráfaga de viento frío que golpeó su rostro le revolvió el cabello y heló sus mejillas. Sabía que estaban enrojecidas: le hormigueaban.

Un ruido afuera, en el pasillo, la hizo abandonar sus pensamientos. Unas pisadas se acercaban rápidamente, sabía que pronto llegarían y se la llevarían.

La muerte era el único final, pero había dos caminos hacia éste. Ella podía elegir cómo emprender ese viaje.

Oscuro, frío y muy profundo, era lo único que sabía sobre ese lugar... y no sintió miedo. Una cálida ola de siego inundó su cuerpo.

Pasos cercanos. Entraron por la puerta.

Suspiró.

...y lo hizo, saltó por la ventana.

L.W.O.

13 diciembre 2010

La contienda

Murmullos, risas y música de fondo. La fiesta transcurría como se esperaba, en un ambiente relajado y festivo. Gente vestida para la ocasión: ellos, esmoquin; ellas, vestidos largos; peinados altos y mucho brillo.

Galopando por el cielo llegaron. Tres, cuatro... decenas de jinetes esqueléticos. Su misión era aniquilar a todos.

–¡Huyan... escóndanse... corran...! –fue lo único que se me ocurrió gritarles mientras intentaba ponerme a salvo. Sabía que había violado las reglas, no debía estar ahí y ahora todos estaban en peligro.

¿Qué harás ahora? No tienes escapatoria, aunque trates de pensar lo contrario, sabes que es tu responsabilidad lo que está pasando. No, no te gusta la palabra “culpa”, prefieres llamarla responsabilidad. Y bien, ¿qué pretendes hacer?, ¿esperar a que maten a todos y salir al final a contar los cadáveres? Sí, ese lugar es una buena opción para refugiarte. ¡Métete ya!

Así lo hice, aquella cómoda tenía espacio suficiente para esconderme, pero sólo por unos minutos. Los jinetes del Maestro Oscuro sabían que ahí estaba y sólo se divertían con los demás. ¡Cuánto disfrutan del dolor, la sangre y la muerte!

Piensa, piensa, piensa. Por más vueltas que le des, hace mucho –antes de llegar aquí– definiste lo que harías.

Conté hasta diez, no quise ver a los alrededores. Tenía la certeza de que estaban cerca pero no me vigilaban, habían decidido matar a los demás.

Paso uno: corre lo más rápido que puedas, hasta llegar a aquel balcón que comunica con el muro exterior, ese que da al callejón cerrado y que te llevará a la calle menos transitada. Ellos están en la principal, tardarán unos minutos más en descubrir que escapas.

Saqué toda la fuerza que me quedaba, resultado del terror y la furia que aquella masacre alimentaba. Y lo hice. Corrí lo más rápido que pude, brinqué sobre el muro. A punto estuve de caer, tardé unos segundos en recuperar el equilibrio, pero lo logré. En ese momento maldije el no cargar con el estúpido libro de magia o con la burda varita mágica. Siempre me sentí avergonzada de ella, no había objeto más ordinario para un aprendiz de la magia que una vara para hacer toda clase de hechizos. Deseé con todas mis fuerzas tenerla en mi mano y blandirla contra los asesinos. Tal vez no podría detenerlos, pero los entretendría un buen rato, tanto como para que los sobrevivientes pudieran ponerse a salvo.

Paso dos: sigue corriendo. Ahora debes llegar con el Gran Maestro y pedir ayuda. ¡Claro!, antes tendrás que aceptar tus errores, o mejor dicho, el error que originó el caos.

Ya no sabes a quién le pertenecen tus piernas, no las sientes. Tú solo ves cómo el entorno se mueve rápidamente. Te quedas sin aliento.

Una imagen hace que todo se detenga: el tiempo, el movimiento, la realidad.

Allí están y se acercan a ti. Uno de ellos te toma del cuello y coloca sobre él una espada fría y filosa. Sientes cómo un hilito de sangre comienza a escurrir. Presientes el final. Él te sostiene con más fuerza y aprieta. Te duele la garganta. Con un movimiento brusco te deja libre. Caes de espaldas sobre el camino empedrado y frío. Cierras los ojos. No sabes si vives o no.

Cuando vuelvo a ver a mi alrededor, me doy cuenta que ahí siguen y no he muerto. El dolor del cuerpo me lo indica. Otro de los jinetes lanza un rayo que me golpea en el pecho. Duele más.

Suspendido en el aire, el artefacto esférico me muestra su cráneo de carnero. Veo un gélido destello en sus cuencas.

Se proyecta el mensaje.

–Si vives es porque así lo quisimos, pero eso pronto cambiará. Ahora ve y avisa a tu maestro que no puede resistirse más: es nuestro, y aunque se esconda sabemos dónde encontrarlo. El Maestro Oscuro está listo para ir por él. Dile que será mejor que no intente defenderse.

Quisieras que nada fuese verdad, pero sabes que no es posible. Ha llegado la hora de luchar y sabes que sólo un bando triunfará.

No tienes la certeza de que sea el tuyo.

L.W.O

19 noviembre 2010

Periplo eterno

Después de viajar alrededor del mundo, Pequeña Burbuja de Jabón llegó hasta esa acogedora habitación. Estaba decidida a dormir por siempre: su cansancio era infinito.

De repente, se sintió observada. Encontró un par de ojos llorosos que la miraban. La fuerza regresó a ella y decidió continuar con su travesía, esta vez acompañada.

Se acercó hasta la cama donde la niña estaba recostada, la arropó con su cuerpo y se fueron volando juntas hacia el infinito, impulsadas por una tibia ráfaga de aire.

L.W.O

01 agosto 2010

Ese abismo glauco

Perdí la cuenta hace mucho. No recuerdo cuántas veces lo he hecho, pero no dejo de imaginarte conmigo: aunque sea unos segundos. Prefiero una realidad fugaz a una fantasía eterna.

Todavía recuerdo la calidez de tu cuerpo, ése que nunca fue mío y no he dejado de desear.

Tus ojos que me desnudan y traspasan mi piel para leer en mi esencia lo que soy, lo que pienso y anhelo; que me inquietan y tranquilizan al mismo tiempo. Soy vulnerable ante tu mirada y no me molesta.

Tu imagen me persigue, me obsesiona y me confunde. Juega con mis sentidos y altera la tranquilidad de mi rutina.

Y te pienso...

Te veo, escucho, siento, huelo y saboreo aunque no estés aquí. Hace mucho que partiste, pero no te dejo ir.

L.W.O

10 junio 2010

Sin razón

Una vez más discutían. Nunca había razones de peso para ello, pero era una práctica cotidiana. Reclamos, enojo, frustración. Ella, él, la calle: discutían.

Sus voces fueron ahogadas por los gritos. Tres camionetas tipo Van doblaron en la esquina y entraron a su calle. La gente se arremolinaba a su alrededor.

Agresivo, prepotente y malencarado. Descendió de una camioneta, se quitó las gafas oscuras y miró a todos lados. ¿Buscaba a alguien o sólo era una provocación? Manos en la cintura: postura retadora.

Sacó el arma y comenzó a disparar a sangre fría. Nada era real: gente corriendo, personas heridas, gritos y terror. Ella cayó al piso, dos balas la eligieron como blanco.

Dolía, dolía mucho. ¿Dónde estaba él? Ya no lo veía a su alrededor. No lo quería a su lado, sólo deseaba que el dolor terminara.

El agresor reía al ver a sus víctimas. Una mueca torcida atravesaba su cara: eso no podía ser una sonrisa. “Ahora sí viene lo bueno”, dijo mientras mostraba algo en su mano. El dispositivo para detonar las bombas estaba listo para ser usado.

Presionó el botón, una luz brillante inundó el lugar. Silencio.

Abrió los ojos y vio una luz azul; pudo distinguir las nubes. Sólo deseaba morir, su cuerpo ardía y no quería sufrir más.

L.W.O

28 mayo 2010

Piso 15

El piso 15. Necesitaba llegar a la planta baja rápidamente. Llamé al ascensor

5, 6, 7, 8... Acudía a mi llamado rápidamente, pero al llegar al piso 9 se detenía. La flecha que indicaba la dirección de su trayecto cambió de color, de verde a ámbar. Empezó a parpadear.

Comencé a desesperarme. Apreté con fuerza los botones para que subiera el otro elevador. Nada.

Mi impaciencia se volvió enojo. Escuché que el elevador avanzaba: sentí miedo. ¿Y si me quedaba atorada al querer bajar?

No lo usaría, pero no estaba segura si bajar por las escaleras o saltar por la venta. Si saltaba llegaría más rápido abajo.

L.W.O

27 mayo 2010

El granero

El sol en el cenit nos cegaba, el calor sofocante mermaba toda fuerza.

Qué difícil era moverse entre dunas de arena con la ropa adherida a la piel por el sudor.

Nuestra esperanza era llegar a la playa solitaria donde nos refrescaríamos. Faltaba menos de un kilómetro.

Una tormenta de arena nos sorprendió a escasos metros del granero: la antesala de la playa.

“Refugiémonos allí”,dijo alguien.

Aceleramos el paso lo más que pudimos.

Sentía la arena en la garganta, me raspaba, y me lastimaba la nariz. No era fácil respirar.

Entramos al granero.

Sólo debíamos esperar unos minutos. Me refugié en un rincón y cerré los ojos, así el tiempo pasaría más rápido.

La tormenta terminó. Ese profundo silencio que lastimaba los oídos me lo indicó.

Abrí lo ojos. Estaba sola.

Algunos rayos del sol se filtraban por las paredes del la construcción.

Tal vez estaban en la playa. Quizá ya nadaban en el mar. Salí.

No vi a nadie.

No había playa.

No había mar.

No había granero.

La arena me rodeaba.

L.W.O

21 mayo 2010

De noche

La noche había llegado. Estaba todo listo para iniciar el contragolpe, la lucha había comenzado y no dejaríamos que pasaran por encima de nuestros derechos. Nos desplazaríamos en grupos pequeños.

Cuando estábamos por salir ella dijo que no estaba lista. Deseaba participar, pero no tenía la fuerza ni el valor para hacerlo.

Los demás se despidieron de ella.

En ese momento supe de nuestra derrota: ya nos había traicionado.

L.W.O

02 noviembre 2009

El jardín

Esa mañana debía quedar listo el Jardín de Primavera: las flores, arbustos y árboles debían plantarse ese mismo día. El señor Topo fue contratado para crear a conciencia los espacios donde se colocarían cada uno de los elementos que formarían parte de él.
¡Oh, no! Aunque Topo se esforzó por hacer bien su trabajo, éste no gustó a los dueños del jardín. Decenas de agujeros de tres diámetros distintos había cavado por todo el lugar. Aunque perecieran perfectos por su profundidad, tamaños y circunferencias impecables, estaban en desorden.
 “¡Cómo podían tener un jardín sin orden!”, protestaron los propietarios. Los agujeros más pequeños debían ir al centro, allí se plantarían las flores; al rededor de éstos, los medianos, donde se colocarían los arbustos; por último, los más grandes, para los árboles: ellos protegerían a los arbustos y las flores. ¡Así debían ser las cosas!
¡Caray!, señor Topo estaba confundido y molesto.  “¡Qué estupidez más grande, los jardines no son así! ¿A caso no los conocen?”, pensó el cavador. Pues no, los jardines no son así, así sólo es el Jardín de la Primavera. 
Resignado, don Topo tomó sus cosas y se fue a casa a descansar.
L.W.O

30 octubre 2009

Y cada día siento más nostalgia de ti aún sin conocerte.

L.W.O

A veces quisiera que fuera verdad, otras sólo fantasía.

L.W.O

El silencio.

No había dolor: sabía que moriría, mas no estaba asustada.

Algo viscoso y tibio cubría mi pecho, sentía cómo me recorría y me reconfortaba. Eran como aquellas caricias que te dan consuelo en los momentos más desoladores.

Alrededor estaban los demás, aunque no los podía ver con claridad, todo era un gran rompecabezas sin armar: una mochila verde a un lado, un par de pies, algunas piernas, rostros de agonía y dolor dispersos.

Por más que intentaba recordar lo sucedido no podía, la confusión se había apoderado de mi mente. Diferentes escenas sin lógica invadía mi cabeza. Unos brazos rodeándome. Armas. Personas corriendo asustadas. El deseo de no estar allí.

El silencio.

Cuánta tristeza sentía al saber que ellos no sobrevivirían, deseaba que todo fuera temporal, que pudieran levantarse del piso como si nada hubiera pasado, y que aquello en el asfalto fueran sólo los rayos del sol crepuscular, tiñéndolo de rojo. Ellos regresando a casa, con la gente que los esperaba y los amaba. Yo sólo deseaba no sentir dolor: quería morir y no saber más de lo que sucedía.

Un momento de lucidez llegó cuando sentí su calor, su cuerpo. Allí estaba, junto a mí. Aquella sonrisa que tantas veces terminó con mi malhumor, se había ido. Esos profundos ojos verdes miraban al infinito sin ver nada. Quise sentir su cuerpo por última vez: me aferré a él con el deseo de quedarme así la eternidad.

Poco a poco la calma llegó. Después de los gritos, los insultos y los disparos con que aquellos represores terminaron con lo que siempre quiso ser una manifestación pacífica de nuestra inconformidad.

…Y me quedé soñando por siempre a su lado.

L.W.O

18 octubre 2009

Show fallido

El público estaba ansioso, emocionado y expectante. Las luces de mil colores brillaban por doquier, una música festiva se escuchaba a los lejos, el barullo de los presentes era más fuerte. Las miradas buscaban en cada rincón del lugar algo que les indicara que ya había llegado y que sólo faltaban unos segundos para verlo.De repente gente del staff comenzó a moverse de un lado a otro. Empezaron a desmontar el espectacular tobogán de hielo que ocupaba casi toda la pista. “¿Qué pasa?, ¿a caso no vendrá?”, se preguntaba la gente. Sus rostros mostraban desconcierto.Algunos niños comenzaban a llorar. Los sollozos se multiplicaron de un segundo a otro.Por el altavoz, una voz masculina anunció que el Pingüino Mágico no asistiría al espectáculo, se había intoxicado con el pescado que había cenado y estaba hospitalizado. El llanto fue general.
Adiós, Pingüino Mágico. Adiós.

L.W.O

11 octubre 2009

El cadáver

A escasos centímetros de mi nariz, frente a mis ojos, la fila de hormigas marchaba rítmicamente cerca del cadáver del caracol: la concha y el cuerpo estaban completamente separados. Todos decían que había caído desde la azotea. ¿Quiénes todos?, no lo sé, en algún lugar me lo contaron.
Mientras ellas seguían su camino, yo permanecía atascada en ese pequeño hueco cuadrado de la pared, por el que debía pasar para llegar hasta la escalera. Intentar pasar por ese estrecho lugar no fue muy inteligente de mi parte, la piel ya me ardía y dolía de tanto intentar zafarme. Las rodillas y las manos no estaban mejor: las piedritas se me encajaban con saña. El hoyo ese estaba al ras del suelo.
“Maldita sea, ese asqueroso cadáver tan cerca de mí y no sé si podré salir de esta. ¡Me lleva la chingada!, ¿acaso nadie limpiará eso? ¿No es trabajo de las hormigas?”, pensé enojada mientras continuaba con mi lucha para pasar del otro lado del muro.
De repente una mirada me hizo voltear hacia arriba, sólo vi la silueta de una cabeza –de algo o de alguien–. El sol me daba directo a los ojos así que no pude distinguir de quién se trataba.
–Ya no es necesario que vengas al funeral, no se hará nada. Si quieres ya te puedes ir –me informó una voz que tampoco pude reconocer.
–Me lleva tres veces el diablo. Me lleva patas de cabra. –murmuré un par de veces mientras golpeaba el piso con fuerza, lastimando mi mano derecha y levantando una pequeña polvareda.
“A ver cómo salgo de ésta. Maldita la hora en que me metí en este pinche hoyo”, pensé y seguí luchando contra los muros que me aprisionaban.

L.W.O

08 octubre 2009

Solas

Allí estábamos las dos. No había opción, ella debía quedarse hasta el final. Tomé las llaves y comencé a cerrar las puertas, todas y cada una de las que había en el lugar. Después fueron las ventanas.

Ella no decía nada, sólo me observaba, como si supiera lo que iba a ocurrir: esa abogada sería mi prisionera.
A.R.G