Ahogas los silencios en tus pensamientos y vas al mar a lavarlos.
No puedes evitarlos, te acompañan.
No van a ningún lado. No se bañan.
Sólo se acomodan y flotan en tu cabeza.
Tal vez algún día se pierdan en la profundidad del olvido.
Se asomó por la ventana, pero no distinguió forma alguna. No sabía qué había debajo. Aquella ráfaga de viento frío que golpeó su rostro le revolvió el cabello y heló sus mejillas. Sabía que estaban enrojecidas: le hormigueaban.
Un ruido afuera, en el pasillo, la hizo abandonar sus pensamientos. Unas pisadas se acercaban rápidamente, sabía que pronto llegarían y se la llevarían.
La muerte era el único final, pero había dos caminos hacia éste. Ella podía elegir cómo emprender ese viaje.
Oscuro, frío y muy profundo, era lo único que sabía sobre ese lugar... y no sintió miedo. Una cálida ola de siego inundó su cuerpo.
Pasos cercanos. Entraron por la puerta.
Suspiró.
...y lo hizo, saltó por la ventana.
L.W.O.
Murmullos, risas y música de fondo. La fiesta transcurría como se esperaba, en un ambiente relajado y festivo. Gente vestida para la ocasión: ellos, esmoquin; ellas, vestidos largos; peinados altos y mucho brillo.
Galopando por el cielo llegaron. Tres, cuatro... decenas de jinetes esqueléticos. Su misión era aniquilar a todos.
–¡Huyan... escóndanse... corran...! –fue lo único que se me ocurrió gritarles mientras intentaba ponerme a salvo. Sabía que había violado las reglas, no debía estar ahí y ahora todos estaban en peligro.
¿Qué harás ahora? No tienes escapatoria, aunque trates de pensar lo contrario, sabes que es tu responsabilidad lo que está pasando. No, no te gusta la palabra “culpa”, prefieres llamarla responsabilidad. Y bien, ¿qué pretendes hacer?, ¿esperar a que maten a todos y salir al final a contar los cadáveres? Sí, ese lugar es una buena opción para refugiarte. ¡Métete ya!
Así lo hice, aquella cómoda tenía espacio suficiente para esconderme, pero sólo por unos minutos. Los jinetes del Maestro Oscuro sabían que ahí estaba y sólo se divertían con los demás. ¡Cuánto disfrutan del dolor, la sangre y la muerte!
Piensa, piensa, piensa. Por más vueltas que le des, hace mucho –antes de llegar aquí– definiste lo que harías.
Conté hasta diez, no quise ver a los alrededores. Tenía la certeza de que estaban cerca pero no me vigilaban, habían decidido matar a los demás.
Paso uno: corre lo más rápido que puedas, hasta llegar a aquel balcón que comunica con el muro exterior, ese que da al callejón cerrado y que te llevará a la calle menos transitada. Ellos están en la principal, tardarán unos minutos más en descubrir que escapas.
Saqué toda la fuerza que me quedaba, resultado del terror y la furia que aquella masacre alimentaba. Y lo hice. Corrí lo más rápido que pude, brinqué sobre el muro. A punto estuve de caer, tardé unos segundos en recuperar el equilibrio, pero lo logré. En ese momento maldije el no cargar con el estúpido libro de magia o con la burda varita mágica. Siempre me sentí avergonzada de ella, no había objeto más ordinario para un aprendiz de la magia que una vara para hacer toda clase de hechizos. Deseé con todas mis fuerzas tenerla en mi mano y blandirla contra los asesinos. Tal vez no podría detenerlos, pero los entretendría un buen rato, tanto como para que los sobrevivientes pudieran ponerse a salvo.
Paso dos: sigue corriendo. Ahora debes llegar con el Gran Maestro y pedir ayuda. ¡Claro!, antes tendrás que aceptar tus errores, o mejor dicho, el error que originó el caos.
Ya no sabes a quién le pertenecen tus piernas, no las sientes. Tú solo ves cómo el entorno se mueve rápidamente. Te quedas sin aliento.
Una imagen hace que todo se detenga: el tiempo, el movimiento, la realidad.
Allí están y se acercan a ti. Uno de ellos te toma del cuello y coloca sobre él una espada fría y filosa. Sientes cómo un hilito de sangre comienza a escurrir. Presientes el final. Él te sostiene con más fuerza y aprieta. Te duele la garganta. Con un movimiento brusco te deja libre. Caes de espaldas sobre el camino empedrado y frío. Cierras los ojos. No sabes si vives o no.
Cuando vuelvo a ver a mi alrededor, me doy cuenta que ahí siguen y no he muerto. El dolor del cuerpo me lo indica. Otro de los jinetes lanza un rayo que me golpea en el pecho. Duele más.
Suspendido en el aire, el artefacto esférico me muestra su cráneo de carnero. Veo un gélido destello en sus cuencas.
Se proyecta el mensaje.
–Si vives es porque así lo quisimos, pero eso pronto cambiará. Ahora ve y avisa a tu maestro que no puede resistirse más: es nuestro, y aunque se esconda sabemos dónde encontrarlo. El Maestro Oscuro está listo para ir por él. Dile que será mejor que no intente defenderse.
Quisieras que nada fuese verdad, pero sabes que no es posible. Ha llegado la hora de luchar y sabes que sólo un bando triunfará.
No tienes la certeza de que sea el tuyo.
L.W.O
Después de viajar alrededor del mundo, Pequeña Burbuja de Jabón llegó hasta esa acogedora habitación. Estaba decidida a dormir por siempre: su cansancio era infinito.
De repente, se sintió observada. Encontró un par de ojos llorosos que la miraban. La fuerza regresó a ella y decidió continuar con su travesía, esta vez acompañada.
Se acercó hasta la cama donde la niña estaba recostada, la arropó con su cuerpo y se fueron volando juntas hacia el infinito, impulsadas por una tibia ráfaga de aire.
L.W.O
Perdí la cuenta hace mucho. No recuerdo cuántas veces lo he hecho, pero no dejo de imaginarte conmigo: aunque sea unos segundos. Prefiero una realidad fugaz a una fantasía eterna.
Todavía recuerdo la calidez de tu cuerpo, ése que nunca fue mío y no he dejado de desear.
Tus ojos que me desnudan y traspasan mi piel para leer en mi esencia lo que soy, lo que pienso y anhelo; que me inquietan y tranquilizan al mismo tiempo. Soy vulnerable ante tu mirada y no me molesta.
Tu imagen me persigue, me obsesiona y me confunde. Juega con mis sentidos y altera la tranquilidad de mi rutina.
Y te pienso...
Te veo, escucho, siento, huelo y saboreo aunque no estés aquí. Hace mucho que partiste, pero no te dejo ir.
L.W.O
Una vez más discutían. Nunca había razones de peso para ello, pero era una práctica cotidiana. Reclamos, enojo, frustración. Ella, él, la calle: discutían.
Sus voces fueron ahogadas por los gritos. Tres camionetas tipo Van doblaron en la esquina y entraron a su calle. La gente se arremolinaba a su alrededor.
Agresivo, prepotente y malencarado. Descendió de una camioneta, se quitó las gafas oscuras y miró a todos lados. ¿Buscaba a alguien o sólo era una provocación? Manos en la cintura: postura retadora.
Sacó el arma y comenzó a disparar a sangre fría. Nada era real: gente corriendo, personas heridas, gritos y terror. Ella cayó al piso, dos balas la eligieron como blanco.
Dolía, dolía mucho. ¿Dónde estaba él? Ya no lo veía a su alrededor. No lo quería a su lado, sólo deseaba que el dolor terminara.
El agresor reía al ver a sus víctimas. Una mueca torcida atravesaba su cara: eso no podía ser una sonrisa. “Ahora sí viene lo bueno”, dijo mientras mostraba algo en su mano. El dispositivo para detonar las bombas estaba listo para ser usado.
Presionó el botón, una luz brillante inundó el lugar. Silencio.
Abrió los ojos y vio una luz azul; pudo distinguir las nubes. Sólo deseaba morir, su cuerpo ardía y no quería sufrir más.
L.W.O
El piso 15. Necesitaba llegar a la planta baja rápidamente. Llamé al ascensor
5, 6, 7, 8... Acudía a mi llamado rápidamente, pero al llegar al piso 9 se detenía. La flecha que indicaba la dirección de su trayecto cambió de color, de verde a ámbar. Empezó a parpadear.
Comencé a desesperarme. Apreté con fuerza los botones para que subiera el otro elevador. Nada.
Mi impaciencia se volvió enojo. Escuché que el elevador avanzaba: sentí miedo. ¿Y si me quedaba atorada al querer bajar?
No lo usaría, pero no estaba segura si bajar por las escaleras o saltar por la venta. Si saltaba llegaría más rápido abajo.
L.W.O
El sol en el cenit nos cegaba, el calor sofocante mermaba toda fuerza.
Qué difícil era moverse entre dunas de arena con la ropa adherida a la piel por el sudor.
Nuestra esperanza era llegar a la playa solitaria donde nos refrescaríamos. Faltaba menos de un kilómetro.
Una tormenta de arena nos sorprendió a escasos metros del granero: la antesala de la playa.
“Refugiémonos allí”,dijo alguien.
Aceleramos el paso lo más que pudimos.
Sentía la arena en la garganta, me raspaba, y me lastimaba la nariz. No era fácil respirar.
Entramos al granero.
Sólo debíamos esperar unos minutos. Me refugié en un rincón y cerré los ojos, así el tiempo pasaría más rápido.
La tormenta terminó. Ese profundo silencio que lastimaba los oídos me lo indicó.
Abrí lo ojos. Estaba sola.
Algunos rayos del sol se filtraban por las paredes del la construcción.
Tal vez estaban en la playa. Quizá ya nadaban en el mar. Salí.
No vi a nadie.
No había playa.
No había mar.
No había granero.
La arena me rodeaba.
L.W.O
La noche había llegado. Estaba todo listo para iniciar el contragolpe, la lucha había comenzado y no dejaríamos que pasaran por encima de nuestros derechos. Nos desplazaríamos en grupos pequeños.
Cuando estábamos por salir ella dijo que no estaba lista. Deseaba participar, pero no tenía la fuerza ni el valor para hacerlo.
Los demás se despidieron de ella.
En ese momento supe de nuestra derrota: ya nos había traicionado.
L.W.O
No había dolor: sabía que moriría, mas no estaba asustada.
Algo viscoso y tibio cubría mi pecho, sentía cómo me recorría y me reconfortaba. Eran como aquellas caricias que te dan consuelo en los momentos más desoladores.
Alrededor estaban los demás, aunque no los podía ver con claridad, todo era un gran rompecabezas sin armar: una mochila verde a un lado, un par de pies, algunas piernas, rostros de agonía y dolor dispersos.
Por más que intentaba recordar lo sucedido no podía, la confusión se había apoderado de mi mente. Diferentes escenas sin lógica invadía mi cabeza. Unos brazos rodeándome. Armas. Personas corriendo asustadas. El deseo de no estar allí.
El silencio.
Cuánta tristeza sentía al saber que ellos no sobrevivirían, deseaba que todo fuera temporal, que pudieran levantarse del piso como si nada hubiera pasado, y que aquello en el asfalto fueran sólo los rayos del sol crepuscular, tiñéndolo de rojo. Ellos regresando a casa, con la gente que los esperaba y los amaba. Yo sólo deseaba no sentir dolor: quería morir y no saber más de lo que sucedía.
Un momento de lucidez llegó cuando sentí su calor, su cuerpo. Allí estaba, junto a mí. Aquella sonrisa que tantas veces terminó con mi malhumor, se había ido. Esos profundos ojos verdes miraban al infinito sin ver nada. Quise sentir su cuerpo por última vez: me aferré a él con el deseo de quedarme así la eternidad.
Poco a poco la calma llegó. Después de los gritos, los insultos y los disparos con que aquellos represores terminaron con lo que siempre quiso ser una manifestación pacífica de nuestra inconformidad.
…Y me quedé soñando por siempre a su lado.
L.W.O
Allí estábamos las dos. No había opción, ella debía quedarse hasta el final. Tomé las llaves y comencé a cerrar las puertas, todas y cada una de las que había en el lugar. Después fueron las ventanas.
Ella no decía nada, sólo me observaba, como si supiera lo que iba a ocurrir: esa abogada sería mi prisionera.